Durante mucho tiempo viví recorriendo el pasado imaginario en que sobrevivía mi padre añorando una Cuba inexistente que se mostraba a pedazos con cada tema interpretado por la Orquesta Aragón. Fueron tiempos insufribles para uno que tan solo entendía algo de calipso y reguetón y baladas modernas. Hasta cuando apareció la magia de esos viejos músicos que se metían por las hendijas del cuerpo de una manera sutil pero inevitable, llenándolo todo de una sensación vital y gratificante:
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El tiempo pasa y lo único que sobrevive son los recuerdos. Un olor, una sonrisa, una canción. Y el corazón vuelve a latir.